Observación

Los cinco errores al diseñar una carta de restaurante

La carta es lo que hay entre el cliente y la comida. Si está mal pensada, todo lo demás se estropea.

Ilustración de una carta de restaurante

La carta de un restaurante es uno de los elementos que —por lo general— menos se valoran en un negocio. Tanto por los clientes como por los propios dueños.

Se dedica mucho dinero y esfuerzo a plantear el local, amueblarlo, contratar personal, diseñar la oferta gastronómica, anunciarlo en redes, y muy poco a diseñar una buena carta, que es precisamente donde el cliente decide qué quiere comer.

Todos hemos visto cartas de muchos tipos: A4 plastificados, fotocopias en blanco y negro que parecen salidas de una tómbola o las manuscritas con caligrafía de monje medieval.

Sin embargo, una carta no falla por ser fea (de hecho, hay algunas que podrían considerarse agradables). Falla porque está mal pensada para el negocio. Esto es lo más importante.

¿Para qué sirve realmente una carta?

Mucha gente respondería que una carta sirve para «mostrar las opciones de comida que tiene el restaurante», y es verdad. Pero vamos a afinar un poco más. Una carta es, en último término, una herramienta para decidir. Hay una diferencia clave.

Si solo entendemos la carta como las opciones disponibles, corremos el riesgo de convertirla en una lista de platos. En cambio, si la entendemos como una forma de ayudar al cliente a decidir, entonces nos cambia el chip y ya no queremos enseñar todo lo que tenemos, sino enseñarlo bien.

¿Por qué es importante esto?

Porque una carta mal pensada y mal ejecutada provoca que el cliente:

  • Tarde mucho en decidir (retrasando todo lo demás, incluida la rotación)
  • Se agobie rápido y pida lo primero que se le ocurra (o lo de siempre)
  • Tenga que preguntar muchas cosas al camarero
  • No quede satisfecho con la comida
  • No se le abra en el móvil el QR
  • Muera por no saber qué alérgenos tenía (esperemos que no…)

Por el contrario, una carta bien hecha hace que el cliente entienda qué sirves, qué le apetece, qué tamaño tiene y cuánto le cuesta la broma (o la dolorosa, o la multa, o lo que se le ocurra a tu cuñado), entre otras muchas cosas.

Quédate con esta primera idea clave: una carta no es una lista de platos. Es una herramienta para decidir.

Una carta no debería ser un inventario

Carta de Kabaña, sección Para abrir boca
He perdido el hilo en la Flor de alcachofa confitada

Hay cartas que no son feas. Está todo bien presentado y es legible. Pero están hechas con la siguiente filosofía:

Tenemos todo esto. Fin.

El problema es que el cliente solo ve platos, muchos ingredientes, muchas descripciones y muy poca ayuda para elegir. ¿Qué es especial de la casa? ¿Qué suele pedir la gente? ¿Qué combina con qué?

Eso se une al hecho de que no somos ordenadores y la memoria tiene un límite razonable para procesar y comparar cosas. Elegir entre una tortilla o dos tipos de croquetas es viable. Elegir entre 14 platos cuyos nombres ya son los propios ingredientes hace más difícil seguir el hilo.

Cuando hay demasiadas opciones parecidas o confusas, tomar una decisión se vuelve más complicado. Pasa con todo: comprando detergente en el supermercado, eligiendo tarifa en el móvil o decidiendo con quién quedas en Tinder.

El propio acto de elegir significa renunciar a otra cosa que quizá era mejor: «Tenía que haber pedido el Tataki…». Esa es la sensación que aparece cuando la carta no te ha guiado bien.

Idea clave 2: una buena carta no lo enseña todo con la misma importancia. Ordena. Prioriza. Sugiere. Te dice «esto te puede gustar».

El diseño puede estorbar

Carta de San Francisco Cafetería-Restaurante

Hay algunas cartas que intentan diferenciarse a partir de tipografías recargadas, adornos, palabras en cursiva, florituras… que se han puesto «porque sí», porque queda bonito, sin una estrategia detrás.

El problema es que una carta bonita puede estar vendiendo peor si obliga al cliente a pelearse con la información.

Si el objetivo de una carta es guiar al cliente, el diseño debe ayudar a que la información sea legible y clara, no al revés. Cuanto más fácil es leer y entender algo, más cómodo resulta y más confianza genera.

Esto, igual que antes, pasa con muchas otras cosas en la vida: una página web, un contrato del banco (en los que nadie confía, por lo que sea) o la factura inexistente del mecánico.

Esto no significa que el cliente esté ciego y no sea capaz de leer. Significa que está haciendo un esfuerzo mayor (a menudo de forma inconsciente) y le queda menos atención para decidir qué tomar.

También vemos cartas donde se utilizan elementos visuales para resaltar opciones. El riesgo es destacar tantas cosas que al final terminemos por no ver ninguna. ¿Cuántas veces alguien ha sugerido un plato y has preguntado «eso dónde está»?

Idea clave 3: un buen diseño es el que no se nota y facilita entender el contenido.

La forma de mostrar los precios importa

Carta con los precios alineados a la derecha

Es muy común ver cartas donde los precios están alineados a la derecha, a cierta distancia del plato. Visualmente queda ordenado, pero se corre el riesgo de convertir la carta en una tabla de Excel.

El cliente deja de leer platos y empieza a comparar precios. El ojo baja por la columna como quien compara ofertas de fibra óptica y empiezas a no pensar tanto en lo que te apetece, sino en lo que vas a pagar. Además, el primer precio (o el más alto) puede anclar y condicionar la percepción del resto.

Por supuesto, no se trata de esconder el precio, que además de ser ilegal en España, es una práctica muy fea y desleal. Pero la forma de presentarlo fomenta que el cliente piense antes en el coste que en el valor del plato.

Algunas investigaciones sugieren que ocultar el símbolo del euro reduce la percepción de precio y el «dolor» de pagar. También es buena idea integrarlo al final del plato, dentro del propio bloque, en lugar de fuera, formando una unidad que protege un poco de la comparación directa.

Otra práctica común son los precios dobles tipo 16,50/12 o 18/10. Se entiende que se refiere a ración completa y media ración. Pero si no está especificado en ningún lado ya estamos añadiendo una fricción que puede dar pie a errores.

Idea clave 4: muestra los precios con claridad, pero evita que sea el único factor decisorio para pedir.

Los códigos QR complican más que ayudan

Carta digital con código QR

Desde la pandemia aquella de la que ya no se acuerda nadie, una gran parte de la hostelería se pasó a las cartas digitales a través de un código QR. La idea, en teoría, es buena. Ahorramos papel, evitamos que se ensucie, es fácil modificarlas y todo el mundo tiene un teléfono en el bolsillo.

En teoría.

En la práctica, la cámara del móvil no detecta el QR. La página no carga. El PDF pesa más que la Biblia. O mientras estás ojeando la carta te llega un WhatsApp de tu pareja cortando contigo.

La carta física, en cambio, se puede compartir y leer a la vez, es más grande y más legible, evita distracciones y genera una experiencia que también forma parte de la comida.

Aun así, una carta online es muy útil. Sirve para consultar la oferta antes de ir al restaurante, ampliar información y mostrar alérgenos actualizados. Pero la experiencia que ofrece en la mesa no tiene comparación con una carta física bien diseñada.

Cada paso extra que le añadimos al cliente complica la decisión. Y no solo la complica: cambia el ambiente.

Idea clave 5: ten lista una carta digital, pero ofrece como primera opción una carta física.

No reinventes la rueda con las categorías

Categorías de carta con nombres poco evidentes

Las categorías de una carta deberían ordenar mentalmente la comida.

Entrantes. Carnes. Pescados. Arroces. Postres.

Por supuesto, las categorías dependerán del tipo de oferta gastronómica que ofrezca el restaurante. Pero los clientes ya vienen con unos esquemas mentales de casa que es importante respetar. Pasa lo mismo en una página web o con los mandos de un coche: hay elementos que esperamos que estén siempre en el mismo lugar.

Eso no significa que todas las cartas sean fotocopias. Una carta puede (y debe) tener personalidad. Pero reinventar la rueda con categorías difíciles confunde al cliente y añade fricción. La clave está en darle una vuelta de tuerca a lo que ya funciona.

Y si vas a romper con todo, ten una razón de mucho peso.

Idea clave 6: innova, pero respeta siempre los esquemas mentales que ya trae el cliente.

Esto es como tó

Seguro que mientras leías has pensado en otras experiencias negativas en un restaurante, ya sea con la propia carta, con los camareros o la comida.

Lo interesante, más allá de los ejemplos y las propias cartas, es entender algo que ocurre en muchos negocios: creemos que comunicar es simplemente decir o enseñar lo que hay, cuando en realidad significa ayudar al cliente a tomar una decisión.

Pasa en todos lados, desde la página de reservas de un restaurante hasta un perfil de LinkedIn que nadie lee porque todos dicen lo mismo.

Cuando tenemos delante algo genérico, aburrido o con demasiada información, desconectamos, no queremos hacer ningún esfuerzo, y eso significa un cliente insatisfecho o, directamente, un cliente menos.

La solución, como iremos viendo, pasa por reducir el ruido, presentar la información de forma agradable, dar pistas y guiar a los clientes para que tomen la decisión que les haga quedar más satisfechos.

Una vez que te das cuenta de ello, empiezas a verlo en todas partes. Hoy han sido las cartas, en la próxima será otra cosa cotidiana.

Solo hace falta prestar un poco de atención.